La pequeña atlántida camboyana
El turista arriba a Siem Reap para visitar las ancestrales ruinas de Angkor. Pero ya les contaré eso. Ahora vamos a Tonlé Sap...
Es otro día abrumador bajo el Sol y la húmedad de Siem Reap, Camboya. En esta ocasión, nuestro guía (camboyano, pero que se nos presentó en un simple inglés como "Paul") nos lleva a la "famosa" ciudad flotante de Chong Kneas, sobre el lago Tonlé Sap. Y digo famosa, porque está recomendada por la Lonely Planet Camboya (creo que con eso basta).
El paso por Siem Reap para un latino occidental, por muy capital turística mundial que sea (debe andar al nivel de Cusco en el Perú), puede resultar toda una epopeya.
Paul nos recoge en la puerta del hotel, puntual, a las 8 am. El automóvil, un Toyota full equipo de finales de los 90, nos espera con un agradable aire acondicionado. Paul enciende el motor, pasa primera y enfila hacia la calle principal (la avenida que destaca en cualquier mapa de Siem Reap). Carros vienen de ambos lados. Cualquier occidental pondría neutro y frenaría. Paul, así como respira, sólo toca la bocina (repetidas veces y hasta con una molesta insistencia) y se hace espacio entre la multitud de coches que, flexibles y entre bocinas, reconocen el flujo y cada cual -como si nada- sigue rumbo a su destino. Angkor queda atrás. Vamos para "el otro lado", al sur.
Luego de unos 30 minutos, Paul se estaciona. Llegamos a una especie de embarcadero (con otro nombre raro). No es cualquiera: su arquitectura y vigilancia denotan que es la puerta de entrada a una importante atracción turística (así también los precios. Pero si estás allí, bueno, ya no queda otra).
Bajamos por una pendiente que te lleva a un canal. El olor no es muy ameno que digamos y el color del agua es todo lo opuesto a cristalino. Abordamos un bote techado y a motor. El bote comienza a surcar el canal y el paisaje no cambia: agua sucia y tierra a ambos lados. Si le sumamos el olor (que ahora se mezcla con el fuerte olor a gasolina que emite el motor de la lanchita)... nada bonito.
Luego de unos 15 minutos atravesando el canal, comienza el misterio ¿A dónde vamos?. Nada te ayuda a presagiar lo que tus ojos verán minutos más tarde. Paulatinamente el canal desaparece y se convierte en un enorme lago. Llegamos a Tonlé Sap. Aquí el olor ya vuelve a la normalidad y el agua se limpia (un poco). El bote continua su marcha y el agua, repetinamente, ya nos rodea completamente. A unos 500 metros de distancia comienzan a divisarse unas pequeñas casas... flotantes.
La impresión es máxima cuando logras darte cuenta de que lo que comienzas a ver no es una exhibición, ni una feria. Tampoco es algo que se arma para impresionar al turista. Lo que ves es una villa, un pueblo completo, con niños, perros, escuelas, iglesias, mercados, televisores... en fin, miles de personas (aproximadamente viven 5 mil)... y todo flotante.
¡Cómo puede haber algo así! ¡Cómo la gente puede vivir en el agua! Como una escena de ciencia ficción, nuestra embarcación comienza a entrometerse entre las casas y los habitantes de Chong Kneas te saludan con risa, seguramente al ver la cara de estupefacción que llevas.
Las construcciones flotantes están construidas sobre grandes balsas de troncos y neumáticos. Y sobre ellas, hay de todo. La escuela, por ejemplo, tiene una cancha de básquetbol y unos mercados pueden tener hasta cuatro pisos. Al menos esa altura tiene un importante mercado de souvenirs en el que el bote nos deja. Aquí también nos damos cuenta que la mascota favorita de los habitantes de Chong Kneas no es el perro, sino que el cocodrilo. Los mantienen en grandes jaulas para impresionar a los turistas, pero el lago seguramente que cuenta con cientos más y libres.
Desde el último piso hay un gran mirador al lago. El Tonlé Sap es gigante. La villa de Chong Kneas se ve pequeña. Casas flotantes. Gente que vive rodeada de cocodrilos y cuyo medio de transporte es el bote. ¿Pobreza? Sí, de todas maneras...